jueves, 12 de septiembre de 2013

El viento.

El viento inquieto dando vueltas en un mismo sitio se encontraba, indeciso si viajar al este o al oeste, enamorado de ambos puntos cardinales en la desidia existía. Amaba el este y lo que éste tenía para ofrecerle; sus paisajes hermosos y la salvaje pasión de sus mares, siempre con algo bueno que ver, siempre interesante y divertido con su gente alborotada. Pero al igual que amaba el este, también amaba el oeste con todo lo que tenía para ofrecer; Su suaves campos despejados, la tranquilidad del sitio, la belleza que en él había, con su gente tranquila y sus flores coloridas por todos lados, tan tranquilizador y relajante.
En su desidia de a donde emigrar, el viento estaba en un constante remolineo y vaivén que no paraba, existiendo en la indecisión hasta que un día, cayó en una tristeza tan profunda que de un momento a otro simplemente dejó de soplar...
Y a veces, se sienten ligeros aires, que, cuando le llega el recuerdo, de pronto le da por soplar sutilmente al este, pero su corazón, en el dolor e incertidumbre de la desidia, perdió la fuerza para hacerlo soplar, y la ligereza de ese aire sutil se disipa y para, y de pronto le da por soplar liviano y suave hacia el oeste y por la misma razón, se detiene en un instante breve. Y así vive en sus eternos recuerdos que vienen y van uno y luego otro, como su propio vaivén airoso, con la impotencia a flor de viento.
Por esta misma impotencia que a veces es tan fuerte, la ira lo llena y entonces al sentirse inútil y sin fuerzas en su corazón para mantenerlo al vilo, se enfurece y la furia alimenta su corazón de manera negativa, pero lo hace recobrar sus antiguas fuerzas que lo conducían con consciencia, sin embargo esta fuerza no es positiva por lo que no puede más que dejarse llevar por el impulso, y, de un lado a otro, con furia y fuerza se mueve, agitando agresivamente las copas de los árboles en un arranque de desesperación por no poder ser nada ya ni poder viajar ni al este ni al oeste y aun con la indecisión enraizada a él, se mueve de nuevo de un lado a otro y remolinea potente y, al darse cuenta de que todo eso es inútil, la ira se transforma en melancolía profunda y comienza a llorar fuertemente, mojando la tierra con la fresca lluvia de su dolido corazón sin fuerza, dando nacimiento a las tormentas y alimentando la vegetación que no tiene ni la menor idea de que, aquello que recibe en forma de agua, no es más que el resultado de un alma lastimada y rota por un amor dividido.

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