Me cuesta demasiado admitirlo, por miedo, sólo por miedo, el hecho de que ya eres como la lluvia, como su sonido y su aroma. Ya eres como el sabor del café o del chocolate. Ya eres como las tardes nubladas y frescas. Ya eres como los viernes por la tarde que tanto se disfrutan. Ya eres como la noche fresca, o mejor aun, la noche, fresca, lluviosa y deliciosa. Ya eres como el sonido del agua, como el sonido del piano, tan musicales, tan tranquilizadores. Como la combinación perfecta de colores, como el gris o como el azul, o como el punto perfecto entre éstos. Como el viento cuando hace falta, como el aire cuando es necesario. Como el cielo estrellado o nublado. Como ésa clase de conversación que se saborea a tal punto de no tener fin. Como el ronroneo de un gato, o su roce suave contra mí.
Me da miedo admitirlo, y vivo negándomelo, aunque ya bien lo sé pero no quiero admitirlo o en realidad si quiero, pero el miedo me consume y me silencia, atrapa todas y cada una de mis palabras antes de que pueda decirlas y las encierra, las guarda para sí o para mí.