La oscuridad se extiende a lo largo de aquella parte que no es tocada por los cálidos rayos del sol que le dan vida. El momento de los que disfrutan de las tinieblas, del frío y de las desconocidas cosas que se encuentran o no se encuentran en la noche, aquello que se oculta tras esa pantalla de negrura. Grises nubes se arrastran silenciosas en las alturas, el viento frío las acarrea como ovejas lentas y desganadas, que con un simple cambio se tornan en fieras suaves que relampaguean y lloran cántaros, pero por el momento simplemente deambulan perezosas por los cielos, tristes, como penosas almas que vagan por la tierra en busca de algo que les de paz.
Los seres en la tierra duermen en éste escenario, tranquilos, soñando, algunos tienen pesadillas, pero nadie siente que el cielo esta triste. Sólo los que amamos la noche y nos pasamos el tiempo pensando en pequeñeces como éstas nos percatamos de ello, vemos que está triste, que no sabe a dónde ir y nunca lo sabrá, que simplemente se deja guiar por el viento salvaje y voluble que no sabe nunca lo que quiere, como un niño encaprichado que en realidad no quiere nada pero todo reclama. Sólo nosotros que amamos la noche sentimos el frío con alegría y el cansancio lejos, esperando atacar al amanecer. Nosotros los melancólicos que encontramos nostalgia en el placer (o, y placer en la nostalgia también), deleitándonos con divagaciones y meditaciones, paseando por el campo de los recuerdos deliciosos, tanto que duelen, con aquello que nos hace feliz y que la belleza de aquello es tan sublime que hace doler el alma de una forma también sublime a su manera.
Nosotros los nocturnos nos reconfortamos con un momento de silencio en la oscuridad de la noche, rodeados por el frío nocturno de la época, sintiéndonos más vivos por la noche que por el día, como búhos cazadores, como gatos activos que prestan atención al mínimo sonido, al más imperceptible movimiento en cualquier lugar.
Los hijos de la noche, y no precisamente vampiros, sentimos la soledad y nos duele, pero no siempre. Nos duele por el día, cuando no se mete en nuestras reflexiones nocturnas (para las cuales necesitamos soledad), apreciamos la soledad que nos hace sentir la melancolía y la nostalgia, que nos hace sentir profundos del alma, que nos hace sentir que existimos en la negrura, cuando nadie existe porque en ése momento existe en donde todos los que duermen existen, ahí donde los sueños cobran vida en algún sitio que no podemos conocer. Y entonces, cualquier pequeña cosa sensible que nos llega a tocar, despierta ése ser nocturno que ama la noche y la reflexión; un viento en la piel, una nube de cierto color gris que enternece el alma, un aroma que despierta el recuerdo, o la misma noche entera, cualquier motivo, cualquier detonante sensible toca el alma y ésta despierta enérgica (a su modo) buscando una forma en la cual motivar la vida, se mueve inquieta dentro del ser y lo hace abrumarse de sensaciones y sentimientos queriendo hacer algo. Queriendo expresar lo que su prisionera quiere dar a conocer. Estimula al cuerpo con sensaciones placenteras que lo hacen hacer cualquier cosa que sienta necesaria, algo para saciar la necesidad, para calmar la tierna fiera que le devora por dentro, reclamando su encierro y su impotencia por expresar el orgasmo provocado por aquella cosa sensible que llegó a tocarla. El cuerpo busca qué hacer, intenta expresar, dibuja, compone, escribe, todo lo que puede, intenta sacar aquella espina que le hiere, intenta calmar el clamor interior, y realmente se pone manos a la obra, saca todo lo que puede de todo lo que sabe (e inclusive de lo que quizá no sabe) y siente que es algo sin fin, que su misión jamás termina, no mira el final, no sabe cómo expresar lo que aquello quiere expresar. Cómo calmar aquella inquietud interior desconocida y misteriosa, mientras ésta crece y crece, y se agita (suave) violentamente contra las paredes del interior, casi saliendo de su lugar, queriendo abandonar el cuerpo para asesinarlo indignada por la ineptitud, por la incapacidad de poder expresar algo que, para ella, es la cosa más sencilla, más clara. Pero no puede, y por siempre se quedará a merced del cuerpo que exterioriza todo lo que está a su alcance y a veces de la manera incorrecta, y el alma triste se resigna al ver que, el cuerpo termina el aquello que creó para hablar por ella, sintiéndose él a su vez impotente, sabiendo que no ha complacido a su musa, sabiendo que ella dentro se queda triste e insatisfecha.
Quizá, ésta nunca se sacia ni se le complace porque, además de que nunca hay lo suficiente para expresar lo que se siente, ella siempre está sintiendo mil cosas al mismo tiempo (como se puede ver en éste texto), haciendo más complicada la labor del ser, confundiéndole y haciéndolo sentirse impotente al darse cuenta de que deja otras cosas atrás, sin subir, sabiendo que aquello dejado ya no entra de ninguna forma, ni a fuerzas.
Uno comienza queriendo hablar de una cosa y termina diciendo (y haciendo) otra.
Uno nunca termina de pintar, de componer, de esculpir, de pensar, de hablar, de dibujar, de fotografiar. Uno nunca termina de escribir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario