Ahora hay menos luz que hace unos minutos, cada vez, se apaga más y más, pero nunca se dejan de apreciar las colosales nubes que más que nubes es como un segundo cielo suave y sin estrellas. Ésta noche no se verá el cuarto de luna que asomaba ayer por la noche.
La frescura es idéntica a la de hace un año, llevo ropa ligera de dormir pero no tengo frío ya que, a diferencia de hace un año, hoy estoy dentro, y no fuera de mi casa. En aquella ocasión tuve que ir por algo para cubrirme, por más que disfrutara del viento fresco, mi piel terminó erizándose y reclamándome algo de calor, sin embargo, hoy el frío no hace gritar a mis poros y me quedo aquí sentada, en la ventana, disfrutando de las cosas que dije antes. Disfrutando del viento y el aroma que trae con él. Y extrañándole a Él.
Hace un año también las cosas eran distintas a lo que pensaba en ésos momentos; sí, también creía que el cielo reprimía la lluvia como si no quisiera que pasara pero no pudiera hacer nada para evitarlo, retrasando solamente lo que ya era inevitable, sin embargo, aquella vez hace un año, cuando lo dije, aunque era cierto, tenía un doble sentido metaforizando mi experiencia con el cielo para retratar lo que en mi corazón y en mi vida pasaba. La ambigüedad regía mi vida en ésa época, y algo que yo no quería que ocurriera era inevitable a ésas alturas. Por el contrario, hoy en día, después de haberme dejado llevar por aquello que no quería que pasara, lo único que pasa por mi mente hoy es que le extraño, a ése ser al que no quería querer como lo estaba queriendo, y hoy sólo espero que suene el teléfono para escuchar su voz y decirle que me siento bien, que siento el ayer y que lo extraño.
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